Andrés Malamud

Cientista político, Professor e Investigador Adjunto do Instituto de Ciências Sociais da Universidade de Lisboa.

Artigo foi publicado na edição de 23/11/2015 do diário argentino Clarín.

 

 

Más de medio país celebra hoy; el mañana promete menos. Mauricio Macri llega al gobierno con el 53% de los votos, pero Cambiemos alineará el 35% de los diputados, el 25% de los senadores y el 20% de los gobernadores. La grieta es menos profunda pero más ancha que antes. Es inapropiado aguar la fiesta de los vencedores; también lo sería ignorar sus desafíos. El nuevo presidente enfrentará cuatro, y de los grandes: el enfriamiento de la economía global, los desequilibrios de la economía nacional, la obstrucción opositora y la inexperiencia propia. De ellos, sólo el segundo es responsabilidad del actual gobierno.

El mundo no se nos cae encima, como exageran algunos, pero tampoco ayuda. China crece menos y Europa se desintegra más. En la región, la economía de Brasil se achica 3% y la inflación se agranda 10%. Dilma está agarrada con alfileres y Maduro con bayonetas. En Chile, el congreso bloquea los proyectos de reforma de Bachelet. El boom de las commodities se terminó y América del Sur lo va a pagar con pobres y protestas. Hace falta una brújula que la ideología no provee: entre los pocos casos exitosos están la izquierdista Bolivia y la conservadora Colombia. Sobre economía argentina ya escribirá alguien que sepa.

Pero sus consecuencias políticas importan por dos incógnitas: si el presidente podrá aprobar sus reformas en el Congreso y si la calle le permitirá implementarlas. Esto nos lleva al tercer desafío: el obstruccionismo. Los latinoamericanos inventamos un artefacto de gobernabilidad: el presidencialismo de coalición. Cuando el ejecutivo no tiene mayoría parlamentaria, hace alianzas con otros partidos ofreciéndoles puestos en el gabinete. Ministros a cambio de legisladores. Así funciona Brasil, donde el Partido de los Trabajadores tiene el 16% de las bancas. Su ventaja es que los demás partidos también son chicos. Pero si un partido opositor tuviera la mayoría absoluta, no habría coalición oficialista que alcanzara. Macri gobernará en coalición, sí; pero además necesitará dividir al peronismo y aliarse con una fracción. Hoy el país aparece quebrado entre las provincias centrales que votaron a Cambiemos y las muchas del interior donde gobierna el FPV. ¿Qué hacer? Los politólogos Belén Fernández Milmanda y Hernán Flom ofrecen una respuesta. La frontera agropecuaria, argumentan, se ha expandido notoriamente, extendiéndose más allá de la Pampa húmeda a provincias como Salta, Chaco, Santiago del Estero y Formosa. El resultado es que los intereses de estas provincias se parecen cada vez más a los de las viejas agro-productoras. Eso modifica la naturaleza de las economías regionales y otorga injerencia política a nuevos actores. El gobierno federal gana así potenciales aliados para condicionar a los gobernadores, que a su vez controlan votos parlamentarios y movilizaciones populares. La revolución del yuyo puede haber cambiado el equilibrio político argentino.

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La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo; la inexperiencia, no necesariamente. El nuevo gobierno deberá relajar la moralina que contribuyó a su éxito electoral. La hora no requiere diálogo y consenso sino negociaciones y acuerdos, que son parecidos pero implican tratar con los malos – y hacerles ofertas odiosas y concesiones penosas. La buena política se juzga por los resultados, nunca por las intenciones. El futuro ya llegó. A partir de hoy el kirchnerismo no es el problema, pero habrá que reconocerle que propuso la solución. Fue cuando azuzó a los opositores a armar un partido y ganar las elecciones.