María Laura Tagina

Cientista política, professora e pesquisadora da Universidad Nacional de San Martín

Artigo especial para o NEAI

 

Mauricio Macri (MM) es el nuevo presidente de Argentina. Así quedó definido el pasado 22 noviembre por medio de un balotaje, el primero celebrado en la historia de este país. La novedad: Macri no es kirchnerista, ni siquiera peronista; tampoco de la UCR, el otro partido que se alternó en el poder desde la transición a la democracia. Llega al poder de la mano de Cambiemos, una coalición opositora de centro derecha, cuya columna vertebral es PRO, el partido creado por el propio Macri. ¿Qué explica entonces este cambio de signo político en la titularidad del Poder Ejecutivo? ¿Y cuáles son las implicancias de este cambio a futuro?

 

Un camino en tres etapas

El camino a la presidencia tuvo tres etapas: las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), las elecciones generales y la segunda vuelta. La primera, mostró el caudal de votos propios de cada fórmula presidencial: 37% para Scioli-Zannini , que fue la única postulada por el oficialista Frente para la Victoria (FPV); 23% para Macri-Michetti, que compitieron en la interna de Cambiemos contra otros dos candidatos; 14% para Massa-Sáenz, la fórmula de UNA, la tercera coalición en cantidad de votos, entre otras más que compitieron.

En la segunda etapa, la elección general, quedó configurado el nuevo mapa de poder del Congreso Nacional, así como definidas las 11 gobernaciones que estaban en juego, y que se elegían en forma concurrente con los cargos nacionales. En particular la elección del gobernador de la provincia de Buenos Aires, jugó un papel central en los resultados nacionales, con efectos opuestos para cada coalición. Mientras que la candidatura de María Eugenia Vidal aportó votos al candidato de Cambiemos, cuestionando el supuesto muy arraigado de que es el candidatura presidencial la tracciona (aporta) votos hacia los niveles inferiores (y no al revés), sucedió lo contrario con el Aníbal Fernández, el candidato a gobernador del FPV. En este caso, los ciudadanos cortaron la papeleta de votación en contra de Fernández, lo que erosionó en buena medida el desempeño de Scioli.

Al mismo tiempo, los resultados de esta primera vuelta dejaron al descubierto otra cuestión: los límites de los liderazgos tanto de MM como de Daniel Scioli, que no lograron polarizar la elección en torno suyo.

En efecto, en Argentina las primarias operan en la práctica como una primera vuelta electoral. Esto es así porque son obligatorias tanto para los partidos como para los ciudadanos, y porque una vez celebradas, no permiten alterar la composición de las fórmulas presidenciales para, por ejemplo, incorporar como vicepresidente al candidato de la facción que perdió. De allí que se esperaba que para la elección general, el electorado se alineara detrás del candidato oficialista y del opositor más votado. Pero esto no sucedió.

Por el contrario, Sergio Massa, el tercero en disputa, no sólo mantuvo los votos de las primarias, sino que los incrementó, obligando a los otros dos candidatos a posponer la definición por la presidencia hasta la segunda ronda electoral. De este modo, aunque Scioli fue el que sacó más votos, tuvo un desempeño inferior al anunciado por las encuestas, y con ello hizo crujir todo el andamiaje de poder del oficialismo. Su crecimiento entre las primarias y las generales fue tan exiguo, que Macri -que salió segundo y sí logró cosechar nuevos apoyos gracias a la penetración territorial de su principal aliado, la UCR- pudo vislumbrar desde ese momento que sus chances de llegar a la presidencia estaban más cerca que nunca.

Así, la campaña para el balotaje fue un barajar y dar de nuevo. Se trataba de conquistar a ese 30% de votantes que no había apoyado a ninguno de los dos candidatos en la primera vuelta. En particular los de Sergio Massa, con una composición de clase cercana a la del peronismo tradicional, pero en términos actitudinales, mayoritariamente anti-kirchnerista.

El balotaje surtió el lógico efecto de moderación sobre el discurso de MM, en el sentido de correrlo hacia el centro, a fin de captar a aquellos votantes que sin ser kirchneristas, valoraban los logros de la última década, y a la vez rechazaban el estilo de liderazgo y el modo de ejercer el poder de la presidenta Cristina Kirchner. No obstante, este camino de la moderación ya lo había empezado a recorrer desde antes, cuando anunció que no volvería a privatizar las empresas re-estatizadas por los Kirchner, y que mantendría la asignación universal por hijo (un plan social similar al Bolsa Familia).

En este sentido, el programa de gobierno de Macri no se mostró como uno típico de los partidos de derecha europeos, o aún del partido Republicano, sino más pragmático, capaz de adaptarse a las exigencias que impone una coyuntura electoral y también, una sociedad civil, política y culturalmente distinta a la de hace décadas atrás. En la plataforma electoral colgada en la web de PRO, se plantean como objetivos (a) la inclusión social; (b) el desarrollo económico; (c) el fortalecimiento institucional. Al mismo tiempo se lee: “Creemos en la igualdad de género… en la plena vigencia de los derechos humanos… en el pluralismo político…en la protección de los derechos de todas las minorías…creemos que el Estado debe ser garante de la diversidad”. Asimismo en la web personal de Macri aparecen como propuestas: (1) pobreza cero; (2) terminar con el narcotráfico; (3) unir a los argentinos; (4) Plan Belgrano para el norte argentino.

A la vez, Macri continuó con la estrategia que ya le había dado resultado: combinar una fuerte presencia mediática con la campaña sobre el terreno (cara a cara), y un discurso que apelaba sobre todo a enunciados generales como “la unión de los argentinos” y “el logro de la felicidad personal”. A eso se sumaba que nadie le disputaba internamente su liderazgo, ya que ganadas las primarias, toda la coalición se había encolumnado detrás del candidato.

Scioli por su parte ensayó en esta etapa una campaña similar a la del PT, la que le dio el triunfo a la presidenta Dilma Rousseff en 2014, poniendo énfasis en los peligros que significaba un eventual triunfo de su adversario. Procuró asimilar a Macri con el retorno de las políticas neoliberales de los años 1990, y se recostó sobre los logros de los doce años de gobiernos kirchneristas. Trató de mostrar un contraste entre dos modelos de país: uno inclusivo, en lo económico y en lo social-cultural, defensor de la industria nacional, centrado en el concepto de desarrollo y aliado internacionalmente a la nueva izquierda de América Latina; y otro país para pocos, defensor de los intereses de los más poderosos, y aliado a los actores financieros internacionales. Pero al mismo tiempo que radicalizaba el tono de su discurso y le pegaba a Macri, Scioli decía de sí mismo que era un hombre conciliador, de diálogo, y que sabría cuidar a todos los argentinos, o sea, dos discursos difíciles de sostener en simultáneo. Por otro lado, volvió al terreno, recorriendo sobre todo el Gran Buenos Aires -el territorio más densamente poblado de Argentina y de tradición peronista-, y aceptó participar de un debate televisivo, que fue el primero en la historia del país entre dos candidatos que competían por la presidencia en un balotaje.

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Esta estrategia, si bien lo llevó a mejorar su desempeño con respecto a las elecciones generales, al punto de dejarlo a apenas tres puntos porcentuales por debajo del ganador (680 mil votos), fue insuficiente y sin dudas, mucho menos exitosa que la de MM. Vale señalar que por muchos momentos, además de competir contra el candidato de Cambiemos, Scioli lo hacía también contra los embates de la presidenta Cristina Kirchner, quien insistió hasta casi el final de la campaña en disputarle el liderazgo mediático, e incluso tomar medidas antipáticas para las clases media, como mayores restricciones para el uso de dólares, o violar la veda electoral con declaraciones periodísticas el mismo día de las elecciones. En el mismo sentido, la interna no celebrada para la elección de la fórmula presidencial, dejó heridas abiertas y restó apoyos a Scioli, no obstante había sido ungido por propia presidenta.

 

El nuevo mapa de poder

MM se impuso en las provincias del centro o región pampeana, que son a la vez las más ricas del país: Córdoba, Ciudad de Buenos Aires, Mendoza, San Luis, Santa Fe, Entre  Ríos y La Pampa. La excepción fue la provincia de Buenos Aires, donde el candidato del FPV logró imponerse merced a los votos que obtuvo en el conurbano bonaerense. A la vez Scioli ganó en las provincias del Noroeste y Noreste (más pobres y dependientes de las transferencias fiscales del Estado Nacional), excepto Jujuy y La Rioja. También salió primero en la Patagonia.

En cuanto a las 11 gobernaciones que se pusieron en juego en la primera vuelta, seis quedaron en manos del FPV (Catamarca, Entre Ríos, Formosa, Misiones, San Juan y Santa Cruz); dos para Cambiemos (Buenos Aires y Jujuy); y tres para el peronismo no kirchnerista (Chubut, La Pampa y San Luis).

Con respecto al Congreso Nacional, como ya hemos dicho, su conformación quedó definida en la primera vuelta. En el Senado, compuesto por 72 integrantes, el bloque del FPV incrementó el número de bancas, quedándose con la mayoría absoluta, lo que obligará a PRO y sus aliados a permanentes negociaciones. La Cámara de Diputados, que tiene un total de 257 bancas, quedó partida en tres bloques: la primera minoría para el FPV y su aliados; en segundo lugar el bloque de Cambiemos, que recibe el aporte numérico más importante de sus socios de la UCR; y la coalición UNA liderada por Sergio Massa, con más de 30 legisladores, los cuales jugarán un rol central a la hora de viabilizar/bloquear las iniciativas legislativas del Presidente. Completan la Cámara otros bloques menores.

Esta composición sin mayorías propias (o gobierno dividido), junto con una mayoría de gobernadores también opositora, constituyen el principal desafío de gobernabilidad para el presidente electo, que necesitará no sólo el apoyo de sus socios coalicionales, sino también los de fuera de su coalición. Para ello Macri cuenta al menos con un as en la manga, que es el Plan Belgrano, un mega programa de inversiones en infraestructura para el territorio que le resultó más esquivo, el norte del país. Dicho programa, le permitirá negociar los apoyos de los gobernadores kirchneristas, y de los diputados y senadores que a ellos responden. Su objetivo será desarrollar en su favor nuevas lealtades que se traduzcan en un fraccionamiento de los bloques kirchneristas en el Congreso.

 

Algunos interrogantes en torno al gobierno de Mauricio Macri

Lo inusual del hecho de que un gobierno de centro-derecha, no peronista, llegue por la vía de las urnas a la presidencia de la nación, plantea varios interrogantes, que ante la falta de experiencias previas que actúen como referencia, permanecen abiertos.

Por ejemplo, no sabemos si los cuadros técnicos y en particular económicos de Pro comparten la moderación hasta ahora expresada por los cuadros políticos. Tampoco sabemos cuán homogéneo es el parecer de los cuadros políticos de PRO. Frente a esto, ¿qué prevalecerá en el nuevo presidente? ¿La ética de las convicciones, que se adivinan en su estado puro como neoliberales y más bien conservadoras, o la ética de la responsabilidad, que de la mano del pragmatismo le asegura un mayor margen de maniobra?

Como ya se dijo, un rasgo relevante del contexto institucional que se viene es el del gobierno dividido, de la mano de un escenario de estrechez económica para el año que comienza. Frente a ello, ¿cómo procesará el nuevo presidente la disputa/el bloqueo político en el Congreso? ¿Será el nuevo gobierno uno de coalición, al estilo brasileño, que traduzca a nivel del gabinete presidencial los acuerdos que pretende cerrar en el Congreso? ¿Y cómo procesará el conflicto social, si éste se traduce en huelgas y movilizaciones populares?

También genera incertidumbre el rol que adoptará el FPV, y en particular, la que en pocos días será ex presidenta Cristina Kirchner. Tampoco hay antecedentes de ello dado que hasta ahora el FPV fue siempre un partido en el poder ¿Sobrevivirá el kirchnerismo? ¿Asumirá un rol de bloqueo político que apueste a la rápida erosión del partido gobernante? ¿O será en cambio una oposición leal, que facilite la gobernabilidad?

Está prohibido a los pesimistas pensar en la peor combinación de todas estas opciones…