Andrés Serbin

Antropólogo, Doutor em Ciências Políticas, Professor Titular da Faculdade de Ciências Econômicas e Sociais da Universidad Central de Venezuela e Pesquisador Emérito do CONICYT de Venezuela. Atualmente é Presidente Executivo da Coordinadora Regional de Investigaciones Económicas y Sociales (CRIES), rede latinoamericana e caribenha de centros de pesquisa e organizações não-governamentais com sede em Buenos Aires.

Andrei Serbin Pont

Mestre em Relações Internacionais (UNESP-PUC-UNICAMP) e Coordenador de Pesquisas da Coordinadora Regional de Investigaciones Económicas y Sociales (CRIES).

Artigo escrito especialmente para o NEAI. Ilustração de Horacio Cardo.

 

El 22 de noviembre Mauricio Macri, sustentado por coalición Cambiemos que incluyó a sectores del radicalismo y de otras fuerzas en torno al núcleo de un nuevo partido, el PRO (Propuesta Republicana), fue electo presidente de la Argentina en el primer ballotage electoral en más de 30 años de democracia al ganarle a el candidato kirchnerista/oficialista, Daniel Scioli, por poco más de 2 puntos porcentuales.

La victoria de Macri marca el inicio de un nuevo ciclo con dos primeros saldos visibles y una serie de interrogantes consecuentes.

El primer saldo es que el peronismo en su versión K (kirchnerista) perdió después de 12 años en el poder. Aun así, la suma de los votos en primera vuelta de los candidatos Scioli, Massa y Rodriguez Saá (todos provenientes del tronco peronista) muestran que el Peronismo sigue vivo y augura tanto una lucha por el control del partido justicialista en los próximos años, como la presencia de una importante oposición, aunque posiblemente fracturada, al nuevo gobierno.

La segunda es la aparición de una nueva fuerza política, inspirada en los mejores valores del liberalismo político, que moldeó gran parte de la historia democrática de Argentina en los albores de su nacimiento como nación, encarnada en el pensamiento de Alberdi. Una fuerza que trae un nuevo aliento político – plagado de promesas por cumplir – que puede renovar el sistema y la cultura política argentina, dándole un nuevo giro y, tal vez, una segunda oportunidad a un país que supo ser uno de los más ricos y prometedores del planeta.

Paradójicamente, ni el peronismo kirchnerista representó a cabalidad una fuerza de izquierda, ni el PRO remite a la derecha conservadora ni al neoliberalismo en sus versiones extremas. En todo caso, asistimos a una transición histórica desde un “relato” oficial aferrado al pasado hacia una “narrativa” nueva, abierta al futuro. Y tal vez, a una transición histórica que acerque al sistema político argentino a la “normalidad” de la alternabilidad democrática más que al peso de las deudas y legados de un pasado de confrontación y violencia. El PRO es el único partido de la Argentina que nació al calor del siglo XXI y que no cuenta muertos en su haber, ni como víctimas ni como victimarios. Sí cuenta, sin embargo, con la esperanza de una gran parte de los ciudadanos de que el país cambie para bien, en un esfuerzo que combine los grandes recursos humanos y naturales existentes con una nueva capacidad de construcción colectiva a través del diálogo y de la confianza. No obstante, pese a su énfasis en la gestión y en asumir una pose post-ideológica, no deja de ser también una expresión ideológica que hace hincapié en el cambio y en la importancia del ciudadano en el marco de una institucionalidad democrática sólida.

Sin embargo, no son menores los desafíos con que se enfrenta. Si bien el gobierno saliente cuenta en su haber con una serie de logros en términos de políticas sociales, de derechos humanos y de una política científica consecuente (fuertemente beneficiadas por el boom de los commodities) también presenta como saldos una economía desequilibrada y estancada, el aislamiento del mundo en términos financieros, y la imposición de un estilo de gobierno personalista y autoritario.

Junto con la pérdida de reservas, el déficit fiscal y el maquillaje de los datos estadísticos con sus secuelas de inflación, controles cambiarios e incremento de la pobreza (“faltan dólares, pero sobran subsidios” como confesó uno de los asesores económicos de Daniel Scioli), el conflicto con los holdouts y el default consecuente del país en 2014, el alejamiento de las inversiones y el rechazo de las fuentes tradicionales de financiamiento internacional a la par de una política de retenciones a los sectores agropecuarios que ha afectado la productividad, configuran un legado económico y productivo extremadamente complejo.

Es así que el nuevo presidente iniciará su mandato con un shock de medidas que contengan los malos augurios de la devaluación, de una corrida cambiaria o de una crisis financiera, a través de una sucesión de acciones que sostengan la ola de optimismo necesaria para atravesar los primeros días en el poder. Algunas de ellas serán la suba del piso del impuesto a las ganancias, la eliminación de las retenciones a los granos con excepción de la soja y el fin de los controles para la compra-venta de dólares. Para mitigar la eventual devaluación del peso e iniciar una recuperación de las reservas, el equipo del nuevo gobierno ya ha comenzado a avanzar en la búsqueda de inversiones extranjeras y nacionales, mientras que se prepara una declaración de emergencia en materia de seguridad, un esquema de negociación con los holdouts y el modelo de desarrollo social, productivo y de infraestructura del Plan Belgrano. Estas acciones vienen acompañadas de reuniones de gran importancia: con los gobernadores de las provincias para asegurar un nuevo esquema en el flujo de los fondos federales y con los candidatos de oposición para coordinar un plan de acción y la creación de una agencia de lucha contra el narcotráfico.

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Para impulsar estas acciones Macri ha designado un gabinete heterogéneo en dónde prevalece la capacidad técnica y el perfil profesional, y del cual no están excluidos ni lo socios de la coalición Cambiemos, ni el Ministro de Ciencia y Tecnología de la administración anterior. Llamativamente, el área económica se dispersará en cinco ministerios que responderán directamente al Presidente, a diferencia de los gobiernos anteriores.

Pero uno de los desafíos políticos más importantes será la construcción de mayorías parlamentarias en un Congreso dónde el peronismo sigue siendo mayoría y dónde el Senado sigue controlado por el kirchnerismo. Este desafío, junto con la capacidad que desarrolle para la inclusión de los sindicatos y de los empresarios en el nuevo proceso y la participación de los gobernadores (peronistas o no peronistas), constituyen las piedras angulares para sostener la gobernabilidad de la primera etapa del nuevo gobierno, en un marco histórico dónde los gobiernos no-peronistas sufrieron los embates desestabilizadores del peronismo.

Por otra parte, Macri ganó con un mensaje de cambio en la política interna – orientada a una mayor institucionalidad y más diálogo y menos confrontación política – y económica – marcada por la necesidad de componer los desequilibrios heredados pero también de impulsar cambios en la política exterior.

El anuncio de la aplicación de la cláusula democrática de MERCOSUR a Venezuela por la violación de derechos humanos  y por no cumplir con los principios básicos de un estado democrático, y de la revisión del acuerdo con Irán en torno a la investigación del atentado de la AMIA, marcan un claro distanciamiento del ya alicaído “eje bolivariano”. Estos anuncios no ponen en cuestión la necesidad de fortalecer el MERCOSUR y de abrirse a la posibilidad de acuerdos con actores externos,  y de recomponer las relaciones con Brasil en un momento en que el principal socio comercial del país atraviesa una severa crisis económico-política. Tampoco descartan el probable acercamiento a la Alianza del Pacífico, simultáneos a la recomposición de las relaciones con los EEUU y la UE, en un claro viraje hacia las relaciones con Occidente. Por otra parte, los vínculos y acuerdos con China y Rusia establecidos por Cristina Kirchner pasarán por una revisión, particularmente compleja en el primer caso, por los acuerdos de swap en yuanes y las líneas de crédito otorgados por la potencia asiática. Sin embargo, es poco probable que esta revisión revierta los lazos desarrollados con diversos actores relevantes del sistema internacional y, más bien, podría tender a reforzarlos en el marco de un enfoque pragmático que impone un cambio radical en el país.

Por otra parte, pese a la pérdida de influencia regional e internacional de la Argentina en la última década, es indudable que estas medidas en política exterior (junto con las acciones emprendidas en el plano doméstico) tendrán un impacto en la dinámica regional y posiblemente, en la configuración de un nuevo ciclo en las relaciones hemisféricas y en los vínculos con un entorno global complejo e incierto.

En este marco, se abre una interrogante fundamental que tiene que ver más con la arraigada cultura política del país que con las ideologías – ¿logrará el nuevo gobierno avanzar con la suficiente rapidez y eficacia política en el cambio propuesto en respuesta a las demandas ciudadanas o se entrampará en las marañas de las  maniobras de un peronismo que no ha renunciado al poder? La interrogante no es retórica. El tango – y el cambio – requiere de dos – una voluntad y una capacidad política novel, y un reajuste y una transformación de los viejos actores de la política argentina.